28. dic., 2018

Los bosques de los Celtas

El haya es un árbol de porte majestuoso, erguido y esbelto que alcanza los 40 m. Tiene una corteza lisa y gris que semeja la pata de un elefante. Sus ramas se disponen horizontales sobre el tronco principal, de manera que proyecta una densa sombra bajo su copa. Las hojas son caducas, simples, alternas, elípticas u ovaladas, con los nervios muy marcados, miden 5-10 cm de largo y tienen el margen entero (si bien la lámina suele estar ondulada y puede parecer que el margen es sinuado o crenado). Además, son lampiñas por ambas caras excepto en el margen, que está orlado de pelillos a modo de cilios que se ven muy bien a contraluz.

La madera de haya es muy apreciada en la industria para la elaboración de diversos objetos porque es fácil de tallar, tornear, pulir y apenas tiene entrenudos. Además, por destilación se obtiene creosota, un compuesto aromático desinfectante de la madera, y alquitrán. Su leña es buena para quemar y producir carbón vegetal, aunque hay quienes piensan lo contrario a tenor del dicho popular español «Mal haya carbón de haya».

Los frutos son comestibles, muy nutritivos y energéticos, pero su abuso produce malestar de tripas y aerofagia. No obstante, al igual que las bellotas y las castañas, se consumen y guardan para que se mantengan frescos durante el invierno. En este sentido, hay un refrán castellano que dice: «Estratifica con maña, hayuco, bellota y castaña».

Fagus era el nombre que le daban los romanos al haya, a sus frutos y a su madera; sylvatica quiere decir ‘de las selvas’, ‘de los montes’.